El Arbol de la Vida Gustav Klimt (1909)

Por Rubén D. Arvizu

Posiblemente, amiga, amigo lector, alguna vez se ha despertado con imágenes y sonidos de un sueño extraordinario, fuera de lo común. A mí me acaba de ocurrir, después de haberme ido a la cama con el corazón contrito y una sensación de desasosiego debido a las deprimentes situaciones que estamos viviendo.

En mi sueño, me veía yo entrar a una enorme casa, tal vez de la época de la colonia, con escaleras dobles que conducían a un gran espacio en el segundo piso. Se escuchaban murmullos, voces no muy claras. Al seguir ascendiendo, de pronto me encontré con un enorme mural del estilo inconfundible del gran pintor simbolista austriaco, Gustav Klimt, quien nació en 1862 y falleciera en 1918, a los 56 años, autor de innumerables obras del llamado Art Nouveau (modernismo).

El mural se extendía como un universo propio, representando la vida y el progreso, las espirales doradas, los rostros entrelazados con flores y fascinante geometría — todo emanaba vida, pero había algo más. Entre las líneas de la pintura, casi imperceptible, existía una abertura, una grieta de luz, un portal.

Vi a otros asomarse. Metían la cabeza entre esas líneas doradas y desaparecían, sumergidos en un pincel que se movía como un péndulo de reloj. Todo era sonrisas y rostros sin miedo. Se incorporaban al paisaje, se volvían parte de la obra.

Yo hice lo mismo y entré al otro lado, a un mundo distinto.

Ahí no había guerras, ni odios, ni mentiras de los poderosos. Solo existía lo que Klimt siempre supo: que la belleza es la forma más antigua de resistencia, que el arte no es decoración sino salvavidas.

Sentí una gran tranquilidad que hacía mucho no conocía.

Al despertar, entendí el mensaje de ese sueño: en estos tiempos oscuros y decadentes, los seres humanos necesitamos entrar a diversos portales. Algunos los encontramos en un susurro del bossa-nova de João Gilberto, otros en las palabras de Carl Sagan describiendo nuestro lugar en el Universo, o en el canto de una ballena azul. Ahora, más que nunca, debemos asomarnos de vez en cuando a ese mundo donde la belleza, la bondad y el amor al prójimo todavía gobiernan.

No nos demos por vencidos, aún estamos a tiempo.

Rubén D. Arvizu — Escritor, periodista, ambientalista. rumzky@mac.com