Enrique Escobedo

Uno de los principios básicos de la gestión y sobre todo en la Administración pública sostiene que lo deseable es poner a la persona ideal en el encargo adecuado. Lo cual significa asegurar que el perfil del trabajador cumpla con requisitos que exige el puesto. Se trata de una obviedad, pero no siempre se encuentra a esa persona cuyo perfil satisfaga las exigencias laborales. La historia contemporánea está plagada de casos en los cuales los presidentes designan a sus cuates y amigos en cargos de alta responsabilidad. En otras palabras, el llamado “amiguismo” es un mal que contamina la marcha del país.

Son muchas las razones por las cuales es común que el responsable del poder Ejecutivo designa a alguien cuyo mérito es haber compartido aulas, juegos, tertulias e incluso borracheras. Se trata del cumplimiento de pactos amistosos que en gran número de ocasiones han desembocado en corruptelas y erosión de las instituciones. Por supuesto que también encontramos excepciones. De ahí que encontrar el perfil adecuado en la Administración pública es difícil, pero no imposible.

Lo anterior significa que ante todo es fundamental implementar un servicio profesional de carrera que permita asimilar experiencias y, desde ahí, promover a las personas con mayores y mejores calificaciones, con actitudes y aptitudes demostradas, con habilidades y destrezas comprobadas y con vocación de servicio. Algo que debe imperar en todos los niveles del aparato administrativo público. Sin embargo, lo que vemos cada sexenio, aunque hoy se hable del segundo piso, es la improvisación de designaciones de personas que no cumplen con el perfil ideal del puesto, pero que son designadas por motivos de confianza o de amiguismo o de compromisos o por imposiciones del caudillo.

El caso es que, en efecto, no es fácil armar un gabinete cuyos integrantes tengan las habilidades técnicas y políticas, que le inspiren plena confianza a quien ocupa el poder Ejecutivo y que cada una de las personas designadas tenga, a la vez, un equipo de trabajo profesional. Lo importante es evitar, en la medida de lo posible, improvisaciones, sobre todo porque las curvas de aprendizaje llegan a tardar de uno a dos años.

Sin embargo, lo que se aprecia desde afuera, es que los nuevos titulares de las dependencias y entidades de la Administración Pública Federal, con la guadaña en la mano, se han dedicado a pedir las renuncias de las personas servidoras públicas a diestra y siniestra sin previas evaluaciones. Lo que está ocasionando, por un lado, parálisis administrativa y, por el otro, designaciones de personas improvisadas que no cumplen con el perfil del puesto, pero son amistades conformadas en la campaña y en el activismo político.

El perfil de los puestos es algo importante de cubrir si lo que se desea es prevenir y combatir la corrupción, así como lograr un buen gobierno. Pero el amiguismo se impone y con eso se desperdician experiencias, talentos y resultados. El arribo de la presidenta Sheinbaum no se distingue de lo acontecido en el pasado, aunque se hable del segundo piso. Lo que se observa es desconfianza, improvisaciones, y perspicacia respecto a los logros del pasado, con lo cual queda demostrado que la presidenta, en el fondo, no considera que Andrés Manuel López Obrador ha sido el mejor presidente de los últimos años.

Volvemos a vivir la reinvención de la Administración pública y volvemos a observar la visión del botín. Al parecer de lo que se trata es de mantener viva la triste máxima de la corrupción: Ya tengo hueso y desde ahí la revolución me hace justicia.