Por Rubén D. Arvizu
Quienes pensamos que la visita del Rey Carlos III a Washington sería una simple reverencia protocolar ante el poder de turno, nos equivocamos. El monarca británico aprovechó su discurso ante el Congreso para enviar mensajes que ningún líder europeo ha tenido el valor de decir desde esa misma tribuna.
Sin mencionar a Trump por su nombre, Carlos defendió la OTAN como alianza indispensable — justo cuando Trump amenazó con abandonarla. Recordó que los principios de Estados Unidos están basados en la tradición jurídica inglesa, incluyendo el principio de que el poder ejecutivo está sujeto a contrapesos — la misma Carta Magna de 1215 que frenó la arbitrariedad del rey Juan. El mensaje era imposible de ignorar para quien lo merecía escuchar.
Pidió resolución inquebrantable en la defensa de Ucrania, mirando directamente al presidente de la Cámara de Representantes. Y en materia ambiental, recordó que ignorar el colapso de los sistemas naturales es hacerlo a nuestro propio riesgo — una advertencia directa al presidente que retiró a Estados Unidos del Acuerdo de París y está abriendo tierras públicas –reservas y parques nacionales a la perforación petrolera, y explotación minera.
Carlos llegó a Washington como invitado. Se comportó como estadista. Demostró que la dignidad y la claridad moral no requieren de gritos ni de redes sociales — solo de palabras bien elegidas ante el momento indicado.
El rey que muchos temimos que venía a arrodillarse ante Trump, terminó recordándole al mundo entero — desde el Capitolio — cuáles son los valores que construyeron la civilización occidental.
Rubén D. Arvizu — Escritor y ambientalista












