Gabriela Lazcano

Hay silencios que se entienden, y hay silencios que avergüenzan. El de Claudia Sheinbaum, presidenta de México, ante la noticia de que María Corina Machado obtuvo el Premio Nobel de la Paz, pertenece a la segunda categoría: la del bochorno histórico. Una mujer latinoamericana reconocida en el mundo por su valentía, su resistencia y su lucha por la libertad, y nuestra presidenta —una mujer también— responde con un “sin comentarios”. Esa frase mínima, hueca, cargada de desdén, revela no prudencia, sino pequeñez. No diplomacia, sino resentimiento.

Porque quien no puede celebrar el triunfo de otra mujer demuestra que su poder no le alcanzó para superar sus propias heridas. Su silencio no es neutral: es el reflejo de un corazón sin grandeza, de una mente prisionera del rencor. Sheinbaum tuvo en sus manos una oportunidad histórica para mostrar altura, para honrar la dignidad de las mujeres latinoamericanas que luchan en entornos hostiles. Eligió, en cambio, el camino más corto y más triste: el de la sumisión y la mediocridad.

Y es que Claudia no gobierna: obedece. Cada gesto, cada palabra, cada omisión está dictada por el fantasma de López Obrador, el hombre que moldeó su pensamiento político y su incapacidad para pensar con autonomía. El que hizo del resentimiento una ideología y del enfrentamiento un método de control. Ella es su réplica exacta: una heredera ideológica de la rabia social, una mujer que no pudo escapar del molde de su creador.

Su “sin comentarios” no es una frase improvisada. Es una obediencia automática a un poder superior. Porque en el fondo, Sheinbaum no puede aplaudir a una mujer libre, porque no lo es. No puede admirar a una mujer valiente, porque su propio liderazgo está atado a un padrino político que nunca la dejó pensar sola. Es la tragedia de quien ocupa la silla presidencial pero sigue pidiendo permiso para hablar.

Y ahí radica la verdadera vergüenza nacional: México hoy está gobernado por una figura que aparenta fortaleza, pero actúa con la docilidad del subordinado. Que, en lugar de ser ejemplo de emancipación femenina, reproduce el modelo del poder tutelado, del poder que calla, que asiente, que teme.

El silencio de Sheinbaum ante el Nobel de la Paz es, en realidad, una confesión: no puede reconocer la grandeza ajena porque vive a la sombra de quien la colocó ahí. Su falta de sororidad no es casual, es estructural. Proviene del mismo lugar donde anida el resentimiento: de la necesidad de sentirse por encima de los demás a falta de mérito propio.

Cuando una mujer en el poder no es capaz de alegrarse por otra que representa la lucha por la libertad, revela que no entiende lo que significa el poder como responsabilidad moral. Lo entiende como privilegio, como venganza, como instrumento para ajustar cuentas con el pasado.

El problema no es que Sheinbaum sea heredera de un proyecto político, sino que es prisionera de un resentimiento colectivo. Un resentimiento que se alimenta de la envidia hacia quienes brillan por mérito, de la hostilidad hacia quienes piensan diferente, de la manipulación de los pobres para sostener un poder que se disfraza de justicia social, pero que en realidad sólo reparte obediencia.

Esa es la razón de su silencio: no se trató de cautela diplomática, sino de fidelidad servil. De un poder que no se atreve a celebrar la libertad porque depende del sometimiento. De un liderazgo que no inspira porque no piensa, solo ejecuta.

México merecía una presidenta que respondiera con orgullo, altura y humanidad. Recibió una que repite las fórmulas del resentimiento heredado, una que tiene el poder, pero no la independencia, la investidura, pero no la dignidad, la voz, pero no el valor.

Y mientras tanto, el mundo reconoce a María Corina Machado, una mujer que enfrentó al autoritarismo sin miedo, mientras la presidenta de México se refugia en el silencio, temerosa de molestar a su mentor.

Ese es el drama: tener a una mujer en el poder que sigue actuando como aprendiz del hombre que ya se fue, pero que aún mueve los hilos. Y que, frente a la historia, eligió callar, cuando lo único digno hubiera sido hablar.

¿Qué clase de poder es aquel que no se atreve ni a reconocer la grandeza ajena?

¡Qué triste es comprobar que, en el día más grande para reivindicar una lucha tan noble, México elige no hablar! ¡Qué doloroso es ver que la presidenta se recluye ante un momento de luz! ¡Qué imperdonable que, simplemente, diga “sin comentarios”! Lo que sobra ahí no es prudencia: es frío desprecio. Lo que falta no es cálculo político: es obediencia servil y ominosa adhesión a los dictadores.

Y si este país aspira a tener credibilidad, si asumimos que “México es una potencia económica como primer socio comercial de USA, empezar por reconocer lo justo y aplaudir lo valiente parece algo mínimo. Porque los silencios, cuando gobiernan poderosos, pesan más que las palabras vanas. Que quienes gobiernan sepan que también serán juzgados por lo que callan.