Gabriela Lazcano
Ya no sé de qué escribir. Y no es falta de temas: es saturación. Es hartazgo. Es vivir en un mundo donde todo es escándalo y nada es consecuencia. Podría hablar de Groenlandia, convertida en trofeo geopolítico para líderes que juegan a la conquista como si el planeta fuera un tablero infantil. Podría hablar de Trump, ese experimento social que demostró que la estridencia puede más que la razón. O del ICE, persiguiendo migrantes con la misma obsesión con la que ignora las causas que los expulsaron de sus países.
También podría hablar del señor que vendía muéganos afuera del Palacio de la calle de Durango y que ya no los vende, después de más de 30 años de hacerlo. Un detalle mínimo, insignificante para el discurso oficial, pero brutalmente revelador. Porque cuando desaparece el vendedor ambulante, no es progreso: es expulsión. Es silencio forzado. Es la foto que no sale en la mañanera.
Podría escribir, otra vez, sobre Sheinbaum y su catálogo de frases prefabricadas: “que haga una denuncia”, “no tengo conocimiento”, “se va a investigar”. El rosario de la impunidad. Se repiten mientras el país se desangra, mientras los muertos dejan de ser tragedia y se convierten en ruido de fondo. Investigar ya no significa buscar la verdad, sino ganar tiempo hasta que la indignación se agote.
Mientras tanto, en Irán la gente sigue muriendo por pensar. En Venezuela hay familias que viven suspendidas en una sala de espera infinita, aguardando la liberación de un preso político como si esperaran turno en una oficina que nunca abre. Y en medio de ese desastre, Corina Machado es criticada por otorgar una medalla —no un Nobel, no un premio universal— a Trump. Como si ese gesto fuera más grave que la cárcel, el exilio y la persecución sistemática. El mundo siempre ha sido experto en indignarse con lo irrelevante y callar frente a lo esencial.
Trump, por supuesto, sigue siendo Trump: grotesco, vulgar, eficaz. Un síntoma, no una anomalía. Porque el problema no es él, sino la cantidad de gente dispuesta a confundir brutalidad con liderazgo. En la era del cansancio moral, el grito gana y el pensamiento estorba.
Y mientras miramos hacia afuera para no mirarnos adentro, en México se cocina una reforma electoral que no busca fortalecer la democracia, sino adelgazarla hasta volverla decorativa. Se debilitan árbitros, se erosionan contrapesos y se nos pide confianza, como si la fe sustituyera a las instituciones. No es reforma: es desmontaje con lenguaje amable. No es austeridad: es control con discurso popular.
Nos dijeron que después de 2020 seríamos mejores. Más empáticos. Más conscientes. Pero lo que hicimos fue perfeccionar la indiferencia. Involucionamos con tecnología, con hashtags, con discursos de ocasión. Aprendimos a convivir con el horror sin que nos quite el sueño.
¿Entonces qué se supone que debemos resaltar? ¿Qué nos aferra a seguir creyendo que avanzamos cuando todo indica lo contrario? Tal vez nada. Tal vez seguimos creyendo por inercia, por miedo al vacío, por no aceptar que el mundo no se rompió de golpe, sino que se fue descomponiendo mientras aprendíamos a mirar hacia otro lado.
En ese otro pequeño lado también hay amor, gracias a Dios por el amor que nos salva de nuestra propia miseria, gracias al amor que nos redime y nos fortalece.
Y aquí estamos: escribiendo columnas sin saber de qué hablar, mientras la democracia se encoge, la mentira se institucionaliza y el mundo sigue ardiendo, pero ya sin escándalo. Sin sorpresa. Casi sin testigos.















