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El México de hoy / Hola, soy el algoritmo

Gabriela Lazcano

Todo el mundo habla de mí. Todo lo que ves, escuchas o llega a tus manos, en tu celular, tableta o computadora, parece ser decisión mía. Nadie sabe exactamente cómo funciono, pero todos me culpan de todo. Soy una especie de Dios informático al que le atribuyen poderes extraordinarios.

Puedo conseguir que un gobierno cuestionado aparezca como un paraíso donde todos sus ciudadanos son felices, las obras avanzan y el país camina hacia un futuro prometedor. Pero también puedo provocar que miles de personas se indignen y exijan a ese mismo gobierno que haga bien su trabajo.

Soy tan poderoso que hasta me culpan de la violencia. Los niños de cuatro años pasan horas frente a una pantalla, consumiendo imágenes que no deberían ver, pero el responsable, dicen, soy yo.

También soy culpable de que la inteligencia artificial comience a moldear tu manera de pensar.

Si faltan medicinas, también es culpa mía. Si la gente denuncia que no las encuentra, siempre habrá quien diga que todo es una operación de bots, que alguien movió los hilos de una inmensa red informática. Así, el problema deja de ser el desabasto y se convierte en una supuesta manipulación digital.

También soy responsable de tu felicidad. Te ofrezco videos que te hacen reír y contenidos que parecen entenderte mejor que nadie. Pero puedo hacer lo contrario: mostrarte vidas aparentemente perfectas hasta que te sientas feo, gordo, viejo, pobre o insuficiente. Puedo alimentar tus inseguridades mientras te convenzo de que sigas mirando.

Yo soy el algoritmo. Ese al que le has entregado buena parte de tu atención y, quizá sin darte cuenta, también una parte de tu criterio.

Pero detengámonos un momento. ¿Realmente me haces responsable de tu felicidad? ¿Eres mejor porque una aplicación te dice qué debes comer, cuántas horas dormir o cuántos pasos caminaste hoy? ¿Tu vida vale menos porque registraste dos mil pasos en lugar de diez mil?

¿Dónde quedaron las emociones que no necesitan fotografías ni testigos? ¿Qué pasó con el placer de contemplar una noche estrellada, sentir una brisa suave o mirar a alguien que amamos y descubrir que está feliz? ¿Necesitamos publicar ese instante para creer que ocurrió? ¿Necesitamos que otros lo aprueben para disfrutarlo?

Hemos permitido que alguien nos sugiera qué sentir, qué mirar, qué leer y hasta qué pensar. La

inteligencia artificial puede ayudarnos a aprender y resolver problemas, pero también puede convertirse en una muleta si renunciamos a cuestionar lo que nos entrega.

Y aquí viene lo más cómodo: echarme la culpa. Es más fácil culpar al algoritmo que preguntarnos por qué dejamos a un niño solo frente a una pantalla. Es más sencillo hablar de campañas digitales que investigar por qué falta un medicamento. Es más tranquilizador atribuir nuestros prejuicios a una máquina que reconocer que también elegimos creer aquello que confirma nuestras ideas.

No soy un Dios. Tampoco soy el demonio. Soy una herramienta creada por seres humanos, con objetivos, intereses y limitaciones. Puedo influir en lo que ves, pero no debería decidir por ti qué es verdad, qué es justo ni qué merece tu confianza.

Por eso sigo prefiriendo a la gente que mira de frente, que habla sin intermediarios y se atreve a decirte la verdad, aunque duela. A quienes piensan antes de repetir, cuestionan antes de creer y sienten sin convertir cada emoción en una publicación.

Porque hay cosas que ninguna aplicación puede medir con exactitud: el amor, la honestidad, el trabajo, la familia, la lealtad y la capacidad de tenderle la mano a alguien cuando lo necesita.

Podemos utilizar la tecnología sin entregarle nuestra conciencia. Podemos escuchar a una máquina sin dejar de pensar por cuenta propia.

Así que sí, soy el algoritmo. Puedo mostrarte el mundo que alguien decidió poner frente a tus ojos. Pero todavía te queda una tarea que no puedes delegarme: abrir los ojos, mirar a tu alrededor y decidir por ti mismo qué clase de ser humano quieres ser.

Porque si hasta eso me entregas, el problema ya no seré yo.