Gabriela Lazcano
En una total burla hacia lo que una República significa, en una total indiferencia hacia las voces democráticas de este país, se ha llevado a cabo la elección de jueces.
¿Se imagina usted votar en una elección con entre 140 y 300 candidatos? ¿Se imagina usted leyendo las características de cada uno para decidir cuál es el más conveniente, el mejor preparado y, además, investigarlo? Yo me lo imagino, pero desde luego no lo haré. Ni siquiera votaré.
Y es la primera vez que no lo hago. Lo que sucede ahora en México es tan grave que resulta cómico. Estamos ya tan anestesiados ante tanta brutalidad —física y mental— que nada parece sorprendernos.
Es verdad: la política, en términos generales, siempre resulta complicada y corrupta, pero México está alcanzando niveles de realismo mágico, aunque la brutalidad no tenga nada de mágica y sí mucho de reprobable y vergonzosa.
Lo que hoy se pretende es tener el aparato judicial bajo control del partido en el poder, acabar con la resistencia que aún queda y, además, tener jueces a modo, que determinen lo que está bien y lo que está mal según sus intereses. Es una total atrocidad. Pero tampoco podemos olvidar cómo, en un acto de auténtica dictadura, la ministra que preside la SCJN no fue invitada a la conmemoración de la Constitución. ¿Invitada? Pues sí, esa fue la palabra que utilizó la señora presidenta al referirse al hecho de que no le había extendido la cortesía de asistir al acto.
Perdón, pero no era una fiesta privada. Era —y es— una fecha que celebramos todos los mexicanos. Así que nuestro panorama es desalentador: Por un lado, tenemos jueces elegidos por una tómbola en la que, casualmente, todos resultan afines al partido gobernante. ¡Caray! ¡Qué suerte! O bien piensan que el mexicano promedio es estúpido, o simplemente no les interesa en lo más mínimo la reacción de la sociedad. Yo creo que ambas cosas los definen. Pero hay que alzar la voz. No es posible quedarse callado ante tanta desvergüenza. En síntesis, tenemos un gobierno que humilla y desconoce al Poder Judicial en su más alta representación, y que, además, forma a sus propios jueces en la fila del oprobio y la burla a la República.
“Extra omnes” significa en latín: ¡Fuera todos! Esta expresión se usa particularmente cuando comienza un cónclave para elegir a un nuevo papa, es decir, cuando solo deben quedar los cardenales encargados de la elección. Me parece que le viene muy bien a México en este tiempo.
Contrario a lo dicho en su toma de posesión, la señora presidenta olvida, ignora o se desmarca de sus propias palabras: “¡Llegamos todas!” No, señora, no llegamos todas cuando usted, en un acto de absoluta autocracia, decide ignorar a la presidenta de la SCJN. ¡Qué falta de sororidad, qué ausencia de respeto y qué miseria de altura de miras! Sobre todo cuando es la primera mujer en ostentar este cargo en los últimos 200 años.
Ante estos dos hechos —solo estos dos eventos— lo único que podemos pensar es que México, en 2025, se está acercando peligrosamente a la Francia de Luis XIV.
Solo nos falta escuchar en Palacio Nacional —donde, por cierto, no sabemos cuántos presidentes lo habitan— la tan famosa frase: “L’État, c’est moi.” “EL ESTADO SOY YO.”














