Gabriela Lazcano
Déjenme contarles tres historias. Y luego, si quieren, indígnense. O no. Total, en este país, indignarse ya tampoco cambia gran cosa.
Empiezo con Otilia.
Otilia tiene 61 años. Nació en Cuba y nunca ha conocido la libertad. No sabe lo que es elegir, opinar, viajar, decidir. No sabe lo que es vivir con la posibilidad de elegir siquiera lo que va a comer. Es una presa en una cárcel llamada Cuba.
Se casó, tuvo hijos, enviudó… y lo único que ha visto es cómo su vida se va apagando.
Hoy no tiene qué comer.
Hace seis días que no tiene luz. El agua llega a ratos. Vive en una casa de cartón y lámina, de esas que el discurso oficial jamás enseña.
Escuchó que llegará un buque desde México con ayuda humanitaria. Y rezó. Rezó por una lata de atún.
Pero, en el fondo, sabe que no le va a tocar nada. Porque esa comida no es para gente como ella. Esa comida se vende. En dólares. En un país donde ella no tiene ni trabajo.
¿Y por qué no tiene trabajo? Porque un día se quejó. Y alguien la escuchó. Y alguien la denunció. En Cuba, como los nazis, hay escuchas que le reportan al gobierno. Y le quitaron su cartilla de racionamiento.
Así de simple. Así de miserable.
Desde entonces, Otilia come de la basura.
Tiene artritis. No hay medicinas. No importa. Porque, claro, ahí está la “ayuda humanitaria”.
Eso es Cuba. Una tiranía donde la gente sobrevive como puede, mientras el discurso habla de dignidad y libertad. Es un régimen de asesinos. Punto.
Ahora vámonos a México. A Sinaloa.
Ahí hay otra mujer. No tiene nombre en el discurso oficial, pero existe. Es madre.
Porque a su hijo se lo llevó el crimen organizado. Y, desde entonces, lo busca. Con pico. Con pala. Con las manos. Con lo que tenga.
Sabe que está muerto. Lo sabe. Pero necesita encontrarlo. Necesita un hueso, un pedazo, algo que le diga: aquí está.
Ahora lleva a su hija con ella. No por gusto, por miedo. Porque prefiere tenerla cavando una fosa clandestina que perderla también.
Esa es la elección. Ese es el nivel de este país.
¿Y el gobierno? Nada. Ni una llamada. Ni una puerta abierta. Ni un gesto.
¿Las han recibido en Palacio? No. Pusieron vallas.
¿Hay apoyos? No.
¿Hay un fondo para los huérfanos de los más de 200 mil asesinados? No.
¿Para los cientos de miles que murieron en la pandemia y los niños que quedaron huérfanos? No.
¿Para las mujeres que desaparecen todos los días? No.
No hay nada.
Pero eso sí… hay barcos. Hay discursos. Hay “humanismo”.
Y ahí entra la tercera historia.
Claudia. La presidenta. Con A: de indigna, de mentirosa, de cínica, de aliada del CO, de traidora.
La del discurso correcto, la del tono medido, la del “no mentir, no robar, no traicionar”. La que no sabe decir más allá de tres frases: “que denuncien”, “no lo sabía”, “lo van a investigar”.
La que manda ayuda a Cuba, la que decide mirar hacia otro país mientras el suyo se desangra, la que prefiere construir una narrativa antes que enfrentar la realidad.
La que sabe que la ayuda vende a los ignorantes y sostiene a ese régimen.
Pero la manda.
Porque luce bien.
Porque construye narrativa.
Porque queda bien.
La que sostiene, aunque sea simbólicamente, a un sistema opresor y a unos asesinos.
Y uno entiende entonces que el problema no es solo el títere…
Sino el titiritero.
¿Llegamos todas? Juzgue usted. Pero no sea muy duro. Alguien mueve el hilo ….
Uno con A de asociado, con M de mentiroso, con L de loco… y ojalá algún día con O de preso.
















