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El México de Hoy / El hoyo

Gabriela Lazcano

Hay ciudades que respiran energía, que laten con el pulso de sus calles, donde el caos tiene, al menos, un ritmo que parece llevar algún sentido. Pero esta, esta que pisamos todos los días, ya no late: sangra. Sangra por los socavones que se tragan las llantas, los sueños y hasta la dignidad de quienes intentamos caminarla sin que nos arrebate algo más.

México, esta capital que alguna vez tuvo brillo, hoy es un hoyo sin fondo. Y no es metáfora: es literal. Basta dar un paso fuera de casa para que el pavimento —esa palabra que aquí suena a burla— te recuerde que has caído en el reino del descuido, donde el gobierno no construye, solo excava nuestra paciencia. 

Hoy salí a comprar óleo para mi taller. No era un viaje épico, solo un trayecto de quince minutos. Pero en esta ciudad, hasta lo más simple se convierte en hazaña. A medio camino, el auto se hundió en uno de esos hoyos que ya no sorprenden, pero siguen indignando. Uno más de los miles que han florecido como hongos venenosos en cada calle, avenida y puente. Nunca, en ninguna década, en ningún gobierno —por malo que haya sido—, habíamos visto el pavimento convertido en un queso gruyere. Ni en las ciudades más golpeadas de Centroamérica, ni en esos lugares donde la guerra dejó cicatrices en el asfalto, se ven calles tan brutalmente maltratadas como las nuestras. Pero aquí, en esta administración, el abandono es política de Estado. 

Mientras forcejeaba para sacar el auto del hoyo —con la ayuda de un anciano que pasaba y se apiadó—, pensé en él. En su edad, en sus manos callosas, en cómo se inclinó sin dudar para ayudarme mientras juraba en voz baja: «Esto ya no es vida». Él, como tantos otros viejos que esta ciudad escupe, sigue buscando trabajo. Quiere ser útil, aportar, pero ¿dónde? En un país donde hasta los jóvenes sobran, los ancianos son fantasmas incómodos. Los ves vendiendo dulces en los semáforos, cargando bolsas pesadas por unas monedas, o —como este hombre— rescatando autos de las fauces del abandono oficial. 

Y ahí está el verdadero hoyo: no solo el que se traga las calles, sino el que nos han cavado en el alma. Este gobierno no solo ha dejado que la ciudad se deshaga; ha logrado que nos deshilemos como sociedad.

Nos convirtió en odiadores profesionales (porque el que no defiende lo indefendible es «traidor»), en ciegos voluntarios (porque hay que negar lo que los ojos ven), y ahora, en prisioneros de un laberinto de grietas. Han invadido nuestros hogares con su discurso de división, y ahora también nuestros caminos: cada bache es una pequeña venganza, un recordatorio de que nada importa, de que todo puede pudrirse un poco más. 

¿Es esto lo que querían? ¿Una ciudad hecha trizas para que, entre el polvo y el resentimiento, ya ni siquiera recordemos cómo se veía la decencia?

Porque el deterioro no es casual: es síntoma.

Cuando las calles se rompen, cuando los ancianos son arrinconados, cuando el ciudadano vive entre el enojo y el miedo, alguien está ganando.

Alguien necesita que estemos tan ocupados esquivando hoyos —físicos y morales— que no veamos los hoyos mayores: los que se tragan el futuro. 

Mientras volvía a casa —con el óleo manchado de tierra y el humor por los suelos—, el mismo anciano me dijo, antes de irse: «Cuídese, señora aquí hasta el suelo traiciona». Y sí.Pero la peor traición no es la de los hoyos: es la de quienes los cavan y nos obligan a vivir en ellos.