Gabriela Lazcano

Hoy es un día para celebrar, pero también para reflexionar. Para abrazar a esos padres que, con su presencia firme o su ausencia dolorosa, han dejado una huella en nuestras vidas. Pero hoy quiero hablar, especialmente, y aunque parezca extraño de las mujeres también, de esas mujeres que llevan sobre sus hombros el peso de dos roles: las madres que no tuvieron de otra, las que se preocuparon por dos.

Son esas mujeres que, sin capa ni espada, levantaron una casa, secaron lágrimas, corrigieron tareas, dieron consejos y, cuando faltó alguien más, también pusieron la voz firme. No eligieron ser madre y padre, pero lo hicieron con un amor tan grande que nadie notó el vacío. A ustedes, mujeres de acero y corazón blando, hoy les digo les decimos: GRACIAS

Y felicito también a los padres que están presentes, a esos que no solo llevan el título, sino que lo viven. A los que juegan, enseñan, escuchan y, sobre todo, no se van. A los que, con su ejemplo, le muestran a sus hijos cómo debe ser un hombre de verdad: comprometido, amoroso, humano. 

Pero hoy también es un día para recordar a esos hijos que cargan con la herida de un padre ausente. Para ellos, un consejo: El valor no lo define quien se fue, sino quien se quedó. Y aunque el dolor a veces nuble el respeto, recuerden que, en algún momento, ese padre fue también un niño con sueños, errores y batallas propias. No se trata de justificar, sino de entender que, ausente o presente, un padre es un padre, y merece ser valorado

Así que hoy, celebremos. A los que están, a los que se fueron, a los que hicieron doble turno y a los que, desde la distancia, siguen siendo parte de nuestra historia. Porque la paternidad, al final, no es solo sangre: es amor, es entrega, es memoria. Feliz Día del Padre en todas sus formas.