Enrique Escobedo
La confianza entre las personas se debe a muchos motivos. Uno de ellos es el de la predictibilidad. Lo cual se refiere a que sabemos cómo va a reaccionar un individuo ante determinados estímulos, situaciones o retos; lo cual significa que, efectivamente, actuará como se esperaba y de manera educada, formal y comprometida. Si acaso alguien es predecible y sabemos qué hará y cómo reaccionará queda claro que confiamos en esa persona. Por el contrario, si alguien es impredecible o tiende a reaccionar de manera grosera y violenta es claro que no depositamos la confianza en ese individuo. Lo interesante es que lo mismo podemos decir de un gobernante.
Confiamos en un gobernante si actúa apegado a la ley, es mesurado en sus decisiones, sus funcionarios son honrados y honestos, escuchan otros puntos de vista, son congruentes con sus compromisos de campaña, se apegan a los valores institucionales y llevan una vida proporcionada entre lo que dicen y hacen. Sobre todo, porque se trata de servidores públicos alejados de caprichos, rencores, venganzas y no son resentidos sociales. En otras palabras, confiamos en el gobierno que no impone leyes draconianas, ni es corrupto, ni cínico, ni mentiroso.
Desconfiamos de un gobierno que manipula burdamente cifras, datos y estadísticas, que desprecia los retos ecológicos, que somete a los poderes legislativo y judicial, que burocratiza los procesos del gobierno abierto y hace muy complicado el derecho humano a la información al enmarañar los trámites de acceso a la transparencia y rendición de cuentas, que es errático en materia de política exterior, tanto en la designación de embajadores, como en seguir los principios constitucionales en materia de política exterior. También se desconfía de un gobierno que divide a la sociedad, que confronta a los grupos sociales, que no asume sus responsabilidades en la prestación de bienes y servicios públicos y se la pasa culpando al pasado acerca de los problemas que ya le corresponde solucionar.
Un gobernante predecible hace del Estado un ente de confianza y es lo mejor que le puede acontecer a la sociedad, pues sabe que el apego al debido proceso de las normas administrativas y el respeto al Estado de derecho son bases de certidumbre y de familiaridad con la honestidad.
Pensar en un Estado predecible significa también el respeto a las instituciones y a la vida institucional. Sobre todo, porque el binomio ciudadanía/gobierno vive y convive. Léase, es una relación indivisible y lo mejor que nos puede suceder es coexistir respetuosa e institucionalmente, ya que así se fortalece la nación y la vida cívica de sus habitantes.
No todos los países del mundo viven institucionalmente. Para eso se requiere educación formal, apego ciudadano a los derechos y sus obligaciones, congruencia gubernamental, vida democrática y desarrollo compartido. Léase, políticas de Estado seriamente asumidas sin importar el color e ideología del partido gobernante, pues son de largo alcance y están por encima de los pendones partidistas. En otras palabras, lo que importa es la nación y no la ideología de uno u otro partido.
El caso es que en México no tenemos un Estado predecible y eso nos lleva a la desconfianza entre ciudadanos y hacia el gobierno. Peor aún, nos lleva a una sociedad fragmentada y por momentos confrontada, De ahí que, desde mi punto de vista, sería importante que el gobierno de la República relea el diagnóstico social actual, reorganice y realinee a la Administración pública y empiece por respetar la vida institucional. Esa es la base de empezar a recuperar el tejido social y tener un Estado predecible.














