Por Rubén D. Arvizu.
Scott Galloway, reconocido analista financiero y profesor de la Universidad de Nueva York, reveló recientemente que una parte importante de los multimillonarios del mundo tecnológico tiene planes financiados para abandonar la civilización cuando las cosas colapsen.
Se reúnen con sus pilotos en aeropuertos privados, abordan jets Gulfstream y vuelan hacia Nueva Zelanda o a refugios blindados en otros lugares remotos.
Sam Altman, el director ejecutivo de OpenAI, dijo en una entrevista con The New Yorker que él “acumula armas, oro, yoduro de potasio, antibióticos, baterías, agua y máscaras antigás en grandes cantidades. Peter Thiel, cofundador de Palantir, construyó un complejo tipo búnker en una propiedad de 193 hectáreas en Nueva Zelanda. Mark Zuckerberg construye en Hawái un refugio subterráneo de 465 metros cuadrados bajo un enorme complejo de 270 millones de dólares, con puertas súper blindadas de metal y concreto, suministros de energía y alimentos, y una escotilla de escape. Larry Page, cofundador de Google, desapareció calladamente durante la pandemia de COVID y estuvo en Fiyi, donde supuestamente adquirió al menos una isla privada con el fin de hacer por su lado un “refugio de salvación.”.
Aquí, surge la pregunta lógica —y demoledora—: ¿sobrevivir para qué?
Como asociado de la Nuclear Age Peace Foundation, organización dedicada al desarme nuclear, he estudiado durante años las consecuencias de una catástrofe provocada por esas armas. Los análisis científicos son claros: un conflicto nuclear a gran escala provocaría un “invierno nuclear”. Miles de millones de toneladas de humo y hollín cubrirían la atmósfera durante cientos, y posiblemente miles de años, bloqueando casi por completo la luz solar. Las temperaturas caerían drásticamente, la fotosíntesis colapsaría, las cosechas desaparecerían y la mayor parte de la vida en la superficie del planeta se extinguiría.
En ese escenario, ningún búnker de lujo, por más sofisticado que sea, garantizaría la supervivencia a largo plazo.
La paradoja es cruel y reveladora: son precisamente estos mismos individuos —quienes más impulsan el desarrollo sin regulaciones de tecnologías poderosas y concentran una riqueza absurda— los que más parecen temer el colapso de la sociedad. Y a su vez, apoyan sin el menor sonrojo al desquiciado ocupante de la Casa Blance que está llevando al mundo al borde del caos.
Un búnker multimillonario no es un plan de supervivencia inteligente. Es el símbolo más significativo de nuestra época: el de una élite que ha perdido toda fe en el futuro del mundo que ellos mismos están contribuyendo a destruir.
Rubén D. Arvizu — Escritor y ambientalista
Asociado de la Nuclear Age Peace Foundation
















