El 3 de marzo de 2013, el entonces alcalde de Londres, hoy primer ministro del Reino Unido, Boris Johnson publicó un artículo donde compartía con sus lectores la descripción de una de las principales tácticas políticas diseñadas por su antiguo coordinador de campaña, el australiano Lynton Crosby. 

Boris escribió: “Vamos a suponer que estás perdiendo una discusión. Los hechos están abrumadoramente en tu contra y, entre más se concentren las personas en la realidad, peor será para ti y tu caso. Tu mejor apuesta en estas circunstancias es realizar una maniobra que uno de los grandes estrategas describe como ‘arrojar un gato muerto sobre la mesa, amigo’”. 

El punto clave de esta maniobra, según explica el primer ministro británico, radica en que, si bien la gente estará “indignada, alarmada, asqueada” porque acabas de aventar el cuerpo inerte de un felino sobre la mesa del comedor, eso es irrelevante porque “estarán hablando sobre el gato muerto, sobre la cosa de la que quieres que hablen, y no hablarán sobre el tema que te ha estado causando tanta molestia”. 

Si esta tosca treta resulta familiar en nuestro país, es porque llevamos más de tres años viendo lo que a esta altura ya sería una verdadera hecatombe minina. Sobre la mesa nacional han desfilado todo tipo de cadáveres que van desde lo absurdo hasta lo autoritario, según convenga: decretos inconstitucionales; señalamientos contra periodistas, intelectuales, académicos, la clase media; amagues contra órganos autónomos y organizaciones de la sociedad civil; sorteos de propiedades confiscadas a narcotraficantes y la no-rifa del avión presidencial, por nombrar algunos. 

Son tantos los gatos desplegados, de tan variados colores, tamaños y a un ritmo tan frenético que resulta imposible no comentar sobre ellos, a veces con legítima indignación y otras para hacer burla de lo ridículo. Sin embargo, ese es precisamente el propósito que se busca: distraer la mirada de los verdaderos problemas, ocultar la realidad bajo una montaña de provocaciones. 

Ahora que estamos por iniciar un nuevo año me gustaría invitarlos a ignorar cualquier tipo de despojo ideológico, político o propagandístico que caiga sobre la mesa. Debemos acostumbrarnos a concentrarnos en los hechos, en lo real: la violencia en la que sigue sumida nuestro país; la crisis laboral y económica; la corrupción, el nepotismo y el amiguismo que siguen impunes en todos los niveles de la escalera; el desabasto de medicamentos; la opacidad y discrecionalidad en el manejo de los recursos públicos; la militarización… y un largo “etcétera” del que no podemos quitar la vista.