Hay promesas que se convierten en caprichos. Ofrecimientos que, cuando las circunstancias cambian, ya no son realizables o no tienen lugar. Tal es el caso del compromiso presidencial de someterse a la revocación de mandato. 

Más allá de los plazos y términos que marca la Constitución en esta materia, el despropósito central de realizar una consulta de este tipo es que simplemente no es algo necesario en el actual contexto nacional. 

La revocación de mandato, como su nombre lo indica, es un procedimiento de democracia participativa mediante el cual la gente puede votar para remover de sus funciones a una persona que ocupa un cargo de elección popular (en este caso, el presidente de la República). Para que ello ocurra se entiende que debe darse una crisis política, o de poderes, que ponga en riesgo el bienestar de la nación (un mandatario que abuse de sus facultades y violente los derechos humanos, por ejemplo), no para aplicarse como un concurso de popularidad. 

En este sentido, resulta completamente absurdo suponer que sea el mismo titular del Ejecutivo quien proponga su propia revocación. El pueblo pone y el pueblo quita: por eso la Constitución marca claramente que es la ciudadanía la que debe pedir este procedimiento, no el presidente ni los legisladores o los partidos políticos. 

Lo que se está buscando en este caso es una “ratificación de mandato” (el extremo opuesto a la “revocación”), lo cual implicaría que se lleve a cabo algo similar a una campaña electoral: que se gasten miles de millones de pesos, que se eche a andar a tope la maquinaria oficial de propaganda (ya de por sí bastante bien aceitada), que la polarización se intensifique desde la cúpula del régimen… De ese modo, nos pasará lo que en el clásico son, en que por decir que “sí”, no se nos dice cómo ni cuándo (y mucho menos por qué) habríamos de llevar a cabo algo que no tiene ningún sentido. 

Revocar viene del latín revocāre: el prefijo re-, que en este caso indica ‘retroceso’ y el verbo vocāre, que significa ‘llamar’, ‘convocar’. Es decir: «llamar o convocar para cancelar, anular o retroceder» algún mandato o resolución.  

Ratificar viene de ratus que quiere decir ‘confirmado’, ‘válido’ y el verbo facere ‘hacer’. Esto es: “hacer válido o confirmar”.  

Aunque parezca inútil tratar de encontrar un fundamento racional a la 4T (puesto que carece de él) es importante dejarlo claro: nosotros votamos por un presidente por seis años y de ninguna manera es necesario revalidarlo o confirmarlo en su cargo. Ese es el mandato que le dio el pueblo. Rectifica, ratificador, ¿quién es ese gran señor?