No se crea que este texto es una cuestión de cocina internacional. Antes, al contrario, es toda una aventura casi extraída de los mejores libros de intriga política. 

El mes de mayo terminaba sin más complicaciones que las ya sabidas, cuando se destapó una serie de sucesos extraños en el Reino Unido, sobre todo relacionados con su primer ministro, Boris Johnson. 

El Reino Unido tuvo su primer confinamiento por la pandemia entre marzo y abril del año pasado: el gobierno británico implementó medidas muy estrictas orientadas a que la población se quedara en casa, prohibiendo a cualquier persona salir de su hogar “sin una excusa razonable”. 

Fue entonces cuando Dominic Cummings, que era considerado como el principal asesor de Johnson, realizó un “viaje familiar” de poco más de cuatrocientos kilómetros hasta la granja de sus padres, en Durham. 

Después se supo que primero Mary Wakefield (su esposa), luego él y posteriormente su hijo desarrollaron algunos síntomas por COVID-19. Por un lado, puede decirse que temió lo peor y rompió el primer aislamiento para empezar otro, lejos de la capital inglesa. 

Por el otro lado, se sabe que puso en riesgo la integridad de su familia completa; incluso llegó a declarar que, al querer volver a Londres, tuvo problemas de la vista como consecuencia de la enfermedad contraída, y decidió manejar otros sesenta kilómetros hasta Barnard Castle para que le realizaran un examen de la vista. 

Parece obvio el resultado: su caso, quizá por temerario o por irresponsable, dominó las primeras planas de los diarios por varias jornadas. Eso sumó para que, a finales de año, Dominic Cummings (quien además fue uno de los principales gestores del “exitoso” Brexit) dejara de ser asesor del primer ministro. Y todo estaba por comenzar. 

Cummings dedicó las semanas posteriores a su rompimiento con el gobierno a publicar comentarios en torno a la gestión de la pandemia. Toda la aparente fidelidad se había quebrado y empezaba a decir algunas cosas que ya para entonces eran evidentes: el plan anti-COVID no estaba surtiendo el efecto prometido y, aún peor, Reino Unido (como muchos otros países) no había aprendido nada sobre la experiencia asiática en el manejo de la enfermedad y sus números eran de preocupación global. 

Los medios buscaban la nota; la gente, más intriga; el gobierno, callar las críticas. La situación, en cambio, siguió. Cuando Cummings compareció ante el Parlamento (por algo más de siete horas) expulsó sus demonios sin pudor; señaló varios aspectos, y destaco algunos: 1) que hubo una mala gestión de la pandemia, 2) que el Gobierno, por querer lograr inmunidad de rebaño, dejó morir a decenas de miles de personas y 3) que Boris Johnson no está calificado para el cargo que ostenta. 

Para salvarse del escarnio, Cummings ha ofrecido disculpas por los errores cometidos desde el Gobierno, definiendo las acciones de las autoridades ante la crisis sanitaria como un país de “leones guiados por burros”.  

Resta saber cómo termina esto. Aunque uno crea que ha visto todo, desde lo insólito hasta lo absurdo, aparece un nuevo suceso, como queriendo decir “¡Quítense que ahí les voy!”. Lo que confirma que, ya sean manchegas, mexicanas o inglesas, en todos lados se cuecen habas… pero, aquí, en demasía.  

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