En nuestro continente se conserva un duro recuerdo: el del poder desmedido a costa de las estabilidades (la económica, la moral, la social…) de los pueblos gobernados. Esas huellas se registran y estudian debido a que somos seres históricos.

Por fortuna, hay quienes han planteado escenarios ficcionales con los referentes históricos en cuestión y, con la ironía, humor y crítica como bálsamo, es posible poner cierta distancia emocional entre esos hechos y analizar las motivaciones detrás de los grupos o individuos que han buscado concentrar el poder. Muchos son los escritores que se abocaron a imaginar otras posibilidades de esos periodos aterradores y para ello nos han dado lo que hoy se conoce como novelas “de dictador”.

Latinoamérica ha provocado la encarnación de personajes sedientos de poder y, paralelamente, ha habido quienes novelizan tales momentos: desde Faustino Sarmiento con “Facundo” (en Argentina), Miguel Ángel Asturias y “El señor Presidente” (en Guatemala), García Márquez en “El otoño del patriarca” (en Colombia), “La fiesta del Chivo” de Mario Vargas Llosa (Perú), nuestro Jorge Ibargüengoitia con “Maten al león” y tantos otros; lo que era un escape de realidad a través de la ficción, no ha sido sino una manifestación de que la realidad alcanza niveles que ni la ficción sueña alcanzar.

Con una serie de estrategias raras y enrarecidas, el actual gobierno mexicano ha hecho múltiples esfuerzos por pasar a la Historia (ese juez impoluto) como un movimiento que logró transformar conciencias y cambiar para bien el rumbo de nuestro país. Poco a poco, pero de manera muy consistente, se ha ido construyendo un discurso moralizador que busca “divinizar” al régimen para justificar lo arbitrario, la “purificación de la vida pública” como argumento de la improvisación. Cuando alguien se atreve a cuestionar una decisión errática, el señalador es señalado como “un corrupto enojado porque perdió sus privilegios”: la decisión queda inexplicada y la acusación nunca se fundamenta porque aplicar la ley es secundario, lo importante es que los corruptos “pierdan su respetabilidad”.

Esto conlleva un peligro, en la acción purificadora de la autoproclamada 4T cualquiera que se atreva a pensar distinto (hasta sus propios acólitos) corre el riesgo de ser señalado como hereje del dogma transformador… Como si un primo hermano del “supremo” retratado por Roa Bastos decidiera darle continuidad a la tradición y sentenciara: “¡Qué ideas va a haber aquí fuera de mis ocurrencias!”.