Desde 2018, hemos venido escuchado un mismo discurso por parte de aquellos que llegaron al poder que puede resumirse en un solo vocablo: transformación. La idea de “la 4T”, del “no somos iguales”, se ha venido construyendo para reforzar la noción de que, con el simple cambio de sexenio, el país ha sido renovado y el gobierno purificado. La realidad es muy distinta. Lo que estamos viviendo en México es un fenómeno que nada tiene que ver con un nuevo modelo económico, político o social. No es una transformación, es un cambio de régimen disfrazado con maquillaje ideológico.
Si vamos más allá de las palabras, más allá de los desplantes y los señalamientos en contra de todos los grupos e individuos que permanecen críticos e independientes, nos daremos cuenta de que continúan las mismas estructuras que supuestamente serían “arrancadas de raíz”. La corrupción, la impunidad, la violencia, la incapacidad de separar al poder político del poder económico son problemas profundos que siguen ahí y se han impuesto al gobierno en turno: los actores son distintos, pero el esqueleto y los acuerdos persisten, se trasladaron a la 4T.
En el fondo, lo único que ha cambiado es la postura y las ideas de los que antes eran oposición y hoy están al mando. Los mismos que en 2017 se indignaban con los gasolinazos y proponían (desde el Congreso de la Unión) eliminar el IEPS, hoy defienden este impuesto y lo justifican como una medida necesaria para amortiguar los cambios en el precio del petróleo. En un parpadeo, aquellos que se oponían a la militarización y exigían que el ejército regresara a los cuarteles, ahora pregonan que “el soldado es pueblo uniformado” y saludan como colegas a generales y almirantes. Las causas que utilizaron como bandera han sido abandonadas. Algunas sobreviven en el discurso, mas no pasan de ser un adorno.
La cosmética oculta, esconde, simula y disimula, pero no basta para cambiar la esencia. Detrás de la fachada ideológica del “Bienestar” permanece ese sistema que ha generado tanta desigualdad, pobreza y sufrimiento; el mismo orden de miseria, de estancamiento y de mentira que antes. El maquillaje se despinta fácil: solamente se necesita un poco de jabón y agua para deshacer el encanto (las lágrimas también pueden borrarlo).










