Enrique Escobedo

Ahora que se aproxima el campeonato mundial de futbol, cabe la alegoría de que si un entrenador va ganado debe de pensar en posibles cambios con el fin de asegurar el triunfo. Por ejemplo, reforzar la defensa del equipo y aplicar un plan B. Por el contrario, si el equipo va perdiendo, el entrenador pensará en poner otro delantero y reforzar la media ofensiva. Un cambio en la alineación siempre es un movimiento delicado, pues la estrategia también depende del tiempo faltante por jugar, del ánimo del equipo y del cansancio de algunos jugadores.

La metáfora no puede llegar más lejos si la comparo con la política y el desempeño de un gabinete de gobierno. Sin embargo, algo es comparable, el rendimiento de quienes son los titulares. En el caso del gabinete de la presidenta Sheinbaum pareciera que algunos de sus colaboradores “flotan y nadan de muertito”. De hecho, algunas plumas de IMPAR los califican de “figuras fantasmas”, pues no se sabe lo que hacen, ni de sus resultados.

El caso es que la presidenta sí está al pendiente del desempeño de sus colaboradores y por lo visto no está a gusto con el trabajo de algunos de ellos. Resulta que una de las reglas no escritas del sistema político es que la sucesión presidencial se dirime en gran parte en el seno del gabinete. Otra regla no escrita es que el o la presidente también es líder de su partido político. De ahí que la función político-administrativa conlleva a que debe hacer su mejor esfuerzo por mantenerlo en el poder y realizar los cambios necesarios.

Por lo anterior, hace dos o tres semanas inició una serie de cambios que le permitan apuntalar a su gobierno y a su partido. Empero, algunas de esas personas no son leales a ella, sino a su mentor. Lo cual pareciera no ser significativo, pero en la práctica si hay diferencias y en consecuencia raspones. Todos son guindas, pero los matices varían.

Ya realizó cambios en las secretarías de Hacienda, de Relaciones Exteriores, de Bienestar y de la Mujer. También en la Fiscalía General de la República y en la Consejería Jurídica. Dichos cambios alcanzaron a su partido y todo con miras, por un lado, a las elecciones de 2017 en las cuales desea reforzar la presencia de Morena en la Cámara de Diputados en la siguiente legislatura, así como ganar, al menos, 15 de las 17 gubernaturas. Por el otro lado, está urgida de lograr los resultados ofrecidos en su campaña. Sin embargo, ella sabe que tiene un equipo en el cual algunos le son leales a ella y otros al hombre de Macuspana. De hecho, ya casi no habla de dúplex o segundo piso. Lo cual puede leerse como un reconocimiento a que el modelo morenista ya se agotó en algunos rubros, como es el caso de la política económica.

Claudia Sheinbaum realiza cambios en el gabinete porque las encuestas de satisfacción de su gobierno señalan malestar e inconformidad. Por supuesto que se trata de encuetas que no salen a la luz pública, pues es del dominio público que las oficinas de la presidenta organizan dos tipos de indagaciones. Las que son confidenciales ya que retratan la realidad nacional y las que maquillan y difunden.

Sabe que tiene entre sus colaboradores algunos que son de mediana calidad, pero no puede removerlos. Sabe que vive una crisis de gabinete por la falta de resultados y sabe que no está cumpliendo lo que ofreció. En consecuencia, los cambios en su alineación inicial, me parece, deben continuar si no quiere pasar a la historia como una gobernante anodina.