Rafael Lulet 

Las alianzas políticas siempre han existido en el país, solo en los años dorados del partido tricolor, cuando la dictadura era perfecta, el absolutismo era el rey en las Cámaras quienes evitaban tener negociaciones con los legisladores de otros colores porque no era necesario, pero, a raíz de la alternancia las legislaciones se volvieron poco a poco distintas, encontrando bancadas multicolores y multinumerales, sin embargo, eso no dejó que el partido en el poder tuviera un alto número de representantes en estos recintos, sin lograr una totalidad arrebatadora como en los viejos tiempos priistas, pero si mayoritaria. 

Así fue, en el 2018, Morena obtuvo 191 diputados y 55 senadores, pero al sumarse en coalición con otros partidos, llegaron a tener hasta 307 legisladores en el Congreso de la Unión y 68 escaños en el Senado, sin embargo, pese a eso, no tuvieron lo suficiente para realizar cambios constitucionales por faltarles 26 para ser 333 congresistas, número requerido para ese objetivo estipulado en nuestra carta magna. 

Ahora, Morena perdió fuerza en la Cámara de Diputados quedando con 197 legisladores más sus aliados dando un total de 279, orillando al inquilino de Palacio Nacional a recurrir a otro partido para formar alianzas como lo es el tricolor, y tratar de sumar sus 71 curules dando como resultado un número de 350, con esa cifra puede realizar reformas sustanciales a la constitución como el caso de iniciativa de reforma energética; el “PRIMOR” como ya se había considerado su existencia desde antes de la elección del pasado 6 de junio, daría una posibilidad para implementar los planes incompletos de Obrador, algo que no pudo lograr cuando tenía casi los 333 congresistas. 

Pero el precio será muy alto si logra concretar ese acuerdo con el PRI, porque estos, se encontrarán en posición de condicionar muchas cosas, por encontrarse en esa lugar, pero, eso acarrearía muchas consecuencias para ellos, en primera la separación de la coalición con el PAN y el PRD, con quienes pudo lograr los 71 legisladores en la última elección, después de encontrarse en la lona electoralmente hablando, segunda, con el fracaso del sexenio de Peña Nieto y la imagen tan embarrada en el cual lo dejó; “Alito”, tendrá poco margen para volver a levantar al tricolor, algo esperado, porque a él no se le da mucho lo de las buenas estrategias como a los viejos priistas. 

Sabemos que la disminución de Morena se ha tenido por dos razones, una es por los pésimos resultados de la administración obradorista y la otra porque como regla general el encanto de los presidentes se les va disminuyendo a la mitad de sus sexenios, así que, lo obtenido por el PRI en la última elección no fue debido a su gran trabajo político o electoral, ni tampoco a su buena percepción entre la gente, sino a lo ya comentado, agregando a la coalición llevada a cabo con los otros partidos de oposición, sumando a una ciudadanía desencantada con el supuesto mesías tropical.  

Por ende, los priistas tienen una gran disyuntiva al frente, el cual puede beneficiarles ante Obrador, pero restarles muchos votos, más de los que no tienen todavía en estos momentos y en cara al 2024, donde su imagen llegará peor al situado en el 2018, y ser señalados no solo como corruptos por la herencia de Peña Nieto, sino de traidores, y sería el inicio del rompimiento de los partidos integrantes de la alianza “Va por México”. 

El costo sería muy grande para los priistas y también para nosotros los mexicanos porque con sus votos en la Cámara de Diputados, le darían todo el poder a un presidente sin escrúpulos, con ideas viejas y con ambiciones políticas para querer perpetuarse por otro sexenio con su candidata estrella, que seguiría sus mismos pasos, los cuales han costado mucho daño al país, por todas sus erradas decisiones, al final, de traidores a traidores, siempre habrá uno peor. 

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