Enrique Escobedo
El presidente Andrés Manuel López Obrador tiene el deseo de pasar a la historia como uno de los mejores presidentes mexicanos. Hace su trabajo y quienes somos sus contemporáneos analizamos su gestión. En ocasiones le criticamos sus decisiones y en otras le reconocemos sus aciertos, pues toda gestión pública tiene sus claroscuros. Pero será la historia quien juzgará su administración, se basará en los resultados y datos duros socioeconómicos, también analizará el contexto nacional e internacional, medirá el impacto de sus obras de infraestructura y revisará con la lejanía del tiempo su legado.
Falta poco más de un año para que termine su gestión y él mejor que nadie sabe acerca de sus logros y de sus incumplimientos. De ahí que le queda claro que mucho de lo que ofreció sigue siendo promesa inconclusa. Ya sabe que gobernar, aunque no lo reconozca públicamente, si tiene ciencia y que la Administración pública es una disciplina que requiere conocimiento. Por eso ya habla de la segunda parte de la Cuarta Transformación y ya está decidido apoyar e impulsar a que mejor le garantice continuismo así sea violando la ley. En otras palabras, el tabasqueño oscila entre dos figuras históricas; Porfirio Díaz quien se reeligió cinco veces a fin de continuar en el poder y Plutarco Elías Calles quien encontró en la figura del Maximato una forma de seguir ejerciendo el poder detrás del trono.
Son dos personajes que figuran en nuestra historia patria y que han sido objeto de estudio de muchos historiadores. El general Díaz, sabemos, era un hombre fuerte, desconfiado, observador y patriota. Estaba convencido de las bondades del progreso, disfrutaba sobre todo de las delicias del poder y de ahí que sacrificó la democracia. Se mostraba como una esfinge impenetrable, receloso, suspicaz y sabia de la malicia de la política. Por su parte; Plutarco Elías Calles era introvertido, racional, frío y calculador. Su inteligencia era notoria, pero en lo posible la disimulaba. El sonorense era inflexible, poco tolerante y de decisiones sustentadas en la firmeza de su criterio. Por supuesto también fue un patriota. Se trata de dos personajes que tuvieron muchos elementos en común, aunque con sus respectivas diferencias. De ahí que lo que los une, entre cualidades y defectos, es su ambición desmedida e inescrupulosa por el poder. Ese deseo de mandar y ser obedecidos a fin de que se realicen sus deseos e incluso voluntades, lo cual los hacía temibles. Empero hay que reconocerlo cuanto antes, tenían visión de Estado.
Ambos mandatarios sabían de la importancia de la legalidad como forma de legitimación jurídica y social. De ahí que discursivamente se decían fieles adeptos a la ley y el orden. En otras palabras, cambiaban la ley a su beneficio y así actuaban conforme a derecho. Ninguno de lo dos, hasta donde se sabe, dijeron en público “y no me vengan con el cuento de que la ley es la ley”. Por eso la cambiaban a su beneficio, pero por principio, no la violaban.
Hoy tenemos un presidente que sabe que la ley lo acota y que debe obedecerla. De ahí que al igual que Díaz y Calles ha intentado cambiarla a su beneficio. Pero ya no vivimos a finales del siglo XIX y principios del XX. La sociedad mexicana también cambió. Ya el espíritu de la democracia ha crecido y campea entre los estratos sociales. El deseo de que impere el estado de Derecho y la cultura de la legalidad es una realidad. Pero eso no lo entiende el actual presidente. Los mexicanos ya no deseamos un partido hegemónico, ni que nos gobierne un individuo que se sobreponga a los poderes legislativo y judicial. Hoy el espíritu nacional se inclina por la pluralidad de ideas, la tolerancia y la participación ciudadana.
Andrés Manuel López Obrador no acaba de entender que no deseamos otro Porfirio Díaz, ni otro Plutarco Elías Calles. Ni reelección, ni prolongación de mandato, ni Maximato. Ya somos una sociedad democrática, crítica y propositiva. Ojalá lo pueda entender.














