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Artículo / Ni tan bueno, ni tan sabio

Enrique Escobedo

Estoy convencido de que la democracia es la mejor fórmula de convivencia, desarrollo y gobernanza para México. El régimen democrático representativo, participativo, laico y federal que señala nuestra Constitución es, desde mi punto de vista, producto de nuestro temperamento, historia y cultura, la cual incluye por supuesto la parte relajienta. Florecimos de una mixtura de razas, religiones y confrontaciones. Por eso nuestra forma de ser llega a sorprender a muchos e incluso a indignar a otros. Como pueblo todavía tenemos mucho que aprender y madurar en forma y fondo respecto a la vida democrática y la cultura de la legalidad. Léase, para que haya democracia tienen que haber demócratas y ahí es en donde desde mi punto de vista, fallamos aún los mexicanos. El punto es que pocas veces reconocemos nuestras actitudes antidemocráticas debido a que es políticamente incorrecto señalarlas. Empero si lo que queremos es avanzar y consolidar la vida democrática e institucional, lo primero que procede es reconocer nuestra realidad.

Aun no somos cabalmente, como exalta el presidente López Obrador, un pueblo bueno y sabio. De hecho, a él le encanta decirlo y repetirlo una y otra vez. Sin embargo, las mayorías llegan a equivocarse y los mexicanos no somos la excepción. En el reino Unido el tristemente recordado primer ministro David Cameron convocó a un plebiscito en 2016 respecto a si los británicos deberían ser parte de la comunidad europea. El resultado fue catastrófico debido a que el abstencionismo y apatía, sobre todo de los jóvenes, culminó con la salida de esa nación del proyecto unificador europeo y hoy la Gran Bretaña sigue en crisis por la decisión de una mayoría ni sabia, ni buena. Otro ejemplo lo encontramos con Adolfo Hitler quien llegó al poder por una mayoría supuestamente informada y culta. Por supuesto que la historia también registra decisiones populares acertadas, como fue el caso chileno que rechazó la legitimidad del dictador Augusto Pinochet. La conclusión es, por lo tanto, que en ocasiones los ciudadanos son atinados y en otras no. De ahí que no se puede generalizar que el pueblo es bueno y sabio siempre y en todas las circunstancias.

Es cierto que treinta millones de mexicanos votaron por Morena hace seis años y, al parecer, por el crecimiento demográfico y por la elección de Estado que se avecina, tal vez la candidata del oficialismo supere esa cantidad. Al respecto se abrirá el debate de si el pueblo es bueno y sabio por mantener en el poder, de manera pragmática, a un partido que despliega políticas asistenciales sin padrones, ni reglas de operación claras y transparentes o si la sabiduría consiste exigirle el crecimiento económico sustentable y sostenible, así como ser un gobierno que rinda cuentas, sea transparente, combata al crimen organizado, no confronte a los mexicanos, eleve la calidad de los servicios de salud y educativos y fomente el pluripartidismo, la tolerancia y las libertades.

Es claro que ambas posturas tienen argumentos sólidos y, en gran medida, cada uno acabará convencido de que tiene la razón. De ahí que la pregunta acerca de la bondad y sabiduría de los pueblos tiene algo de ociosa, pues es demasiado ambigua, amplia y ni siquiera hemos tipificado y mucho menos elaborado una taxonomía que califique las características sociales de sendas categorías de análisis. Pero la demagogia electoral levanta esas banderas y nadie se atreve a descalificar al pueblo de bueno y sabio, ya que de otra manera tendrían que decir que el pueblo es malicioso, tramposo, tonto e ignorante. Lo cual tampoco es necesariamente cierto. Así que los políticos seguirán aprovechándose de la vanidad popular al decirnos que somos buenos y sabios. Y eso, por supuesto que nos embelesa y votamos por quienes nos adulan y doran la píldora.