Enrique Escobedo
México, desde la administración de nuestro primer presidente Guadalupe Victoria, empezó a solicitar préstamos a países extranjeros a fin de poder tener capital de inversión y, por lo tanto, de crecimiento. La deuda externa mexicana fue creciendo con cada presidente y llegó el momento en que era impagable. Fue entonces que el presidente Benito Juárez se vio obligado a declarar la moratoria el 17 de julio de 1861 y se lo comunicó a los acreedores franceses, ingleses y españoles haciéndoles saber que necesitaría de dos años con el propósito de pagar el servicio de la deuda externa. El decreto juarista desencadenó la intervención tripartita España, Francia e Inglaterra en las costas de Veracruz. Fue entonces que se renegoció la deuda con España e Inglaterra y fue la excusa de la intervención francesa en enero de 1862.
La síntesis de lo acontecido en unos cuantos renglones es la prueba de que las naciones poderosas toman muy en serio su papel de prestamistas y que son capaces de presionar de muy diversas maneras.
El gobierno actual tiene enfrente a los Estados Unidos y a Canadá debido a desavenencias derivadas del Tratado de comercio (T-MEC) en materia de energías. Los vecinos angloparlantes no bromean al respecto y la primera respuesta mexicana fue una frivolidad musical. Posteriormente la titular de la secretaría de Economía, Tatiana Clouthier, explicó que se sentarán a negociar en la inteligencia de llegar a buen acuerdo. Que quede claro, no es un problema de soberanía debido a que México firmó dicho Tratado y fue ratificado por la actual gestión. Léase, o no supo el presidente López Obrador lo que firmó o si estamos en falta. Eso se dirimirá.
Lo que no va a acontecer es el despliegue de los ejércitos de Estados Unidos y Canadá frente a las costas de Veracruz y ni el presidente se enfundará en la casaca juarista a fin de defender como en el siglo XIX la soberanía nacional. Hoy las guerras comerciales son más refinadas que el uso de las armas. Nos pueden asfixiar con sus políticas arancelarias, con favorecer a otras naciones en la inversión extranjera e incluso son capaces de vender sus productos a otras naciones. En otras palabras, nos pueden ganar en un conflicto comercial, sin necesidad de la violencia.
La anécdota musical lopezobradorista representa una fanfarronería grotesca y parlanchina. Juárez se vio obligado a decretar la moratoria como instrumento político-económico de negociación y la estrategia le funcionó con Inglaterra y España. Pero con Francia terminó en una guerra cruel y sangrienta. Insisto, no veo que en el siglo XXI lleguemos a esos extremos. De ahí que rayar en lo ridículo como estrategia de negociación o convocar al nacionalismo exacerbado es absurdo.
Yo también soy admirador de Benito Juárez, pero emularlo como bravucón y provocador es no entender al Benemérito. Él no quería la guerra, sino un entendimiento del pago de la deuda externa. Tampoco su intención fue encender el nacionalismo y que las armas nacionales se cubrieran de gloria. La nación mexicana se estaba conformando, es cierto, y la intervención francesa desencadenó fechas gloriosas para México. Pero esas épocas ya pasaron. Juárez no quiso provocar a esas tres potencias europeas y mucho menos se comportó neciamente. El mundo ya cambió y algo queda claro: “la historia se presenta primero como tragedia y se repite como comedia” a decir de Carlos Marx. Ojalá este gobierno no se sienta comediante.













