Enrique Escobedo 

El decisionismo político es un concepto atribuido a Carl Schmitt (Alemania 1888- 1985) quien fue conservador y activo militante del Partido Nacional Socialista. Su   tesis política sostiene que el Estado es la fuente absoluta de toda decisión legal y moral de la vida pública y se funda en ideas absolutistas opuestas a cualquier discusión. Para él, los valores y normas deben interpretarse y decidirse por quien ejerce el poder.  

De ahí que la tesis del decisionismo político es la propensión del protagonismo del caudillo o líder carismático quien, ante situaciones de emergencias o crisis que desbordan las leyes establecidas desde el poder Legislativo, propone un orden político de excepción fundamentado en decisiones personales políticas y morales en nombre de la soberanía y ajenas a debates públicos. En otras palabras, el mandato soberano está por encima de la ley a fin de garantizar la conservación del Estado.  

Es un concepto que ha evolucionado desde que se introdujo en la República Alemana de Weimar (1918-1933), pero en esencia sigue siendo una herramienta radical que utilizan algunos gobernantes de izquierda o de derecha a fin de sostenerse en el poder. Aún más, esos populistas recurren a argumentaciones metafísicas, morales y se dicen ser víctimas de confabulaciones, a fin de lograr situarse por encima de la ley. El pragmatismo decisional es de alto riesgo en una democracia, pues la excepción a la ley degenera en posturas omnímodas, sobre todo porque la ilimitada autoridad en una sola persona puede significar la suspensión potencial de las garantías individuales y del orden jurídico existente. Lo cual podría parecerle sano a algunas personas en una situación de emergencia como la que vivimos, pero eso es un espejismo. El decisionismo acaba por ser la regla y no la excepción. 

Además, esa tesis viene acompañada del cinismo político que embelesa – en nombre de la solución definitiva a nuestros problemas – a ingenuos y desesperados. Es entonces que, por un lado, florecen los totalitarismos que atraen a las masas y a algunos intelectuales que respaldan al caudillo y, por el otro, se fortalece el partido político debido a la preeminencia que este tiene o empieza a tener. Con lo cual califica o descalifica moralmente, mediante la exigencia de la obediencia ciega, a la sociedad. Ninguna oposición es reconocida, cualquier tipo de crítica es considerada como traición, la vida cultural es dirigida y unidimensional, las asociaciones civiles son descalificadas y arrinconadas mediante el control de la prensa, las instituciones maquillan los datos y la historia se reescribe a modo y conveniencia de la ideología dominante. 

Nace una sociedad medianamente educada, mediocre en lo general, incapaz de distinguir el pensamiento científico del mítico. El servilismo abyecto es la constante y la muchedumbre exige ejecutar a toda disidencia, como el Comité de Salvación Pública (Comité de Salut public en francés) durante el reinado de terror de la Revolución Francesa.   

No presupongo que ese es el futuro de México, simplemente explico las consecuencias del decisionismo político como aconteció en la Alemania Nazi, la Italia Fascista, la Argentina peronista o la Venezuela chavista. Este artículo es un recordatorio cuando en nombre del pragmatismo político se recurre a esa fórmula política. Aludo acerca de la importancia de estudiar historia, así como la del mundo de las ideas políticas. La relevancia de saber que otras naciones recurrieron a las situaciones de excepción por encima de la ley fueron catastróficas. Las sociedades pagaron un precio muy alto por descuidar la pluralidad y el debate público como forma de vida y enriquecimiento del conocimiento.   

La historia de las ideas políticas y sus consecuentes instrumentaciones en la vida de las naciones deben estudiarse a la luz de los acontecimientos actuales, sobre todo porque cada vez que releemos pasajes históricos les damos nuevas interpretaciones. Es cierto que la historia nos enseña que no sabemos aprender de ella, pero tal vez si podamos concluir que el decisionismo político no es la solución, aunque nos lo vendan como “la solución”.    

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