Enrique Escobedo

Dice la voz popular que “de las cosas menos importantes, la más importante es el fútbol”. Debido a mi afición por ese deporte afirmo tal oración. Se trata de un tema más complejo. Los políticos del siglo XX de izquierda y de derecha se dieron cuenta de que ese espectáculo de masas podía ser aprovechado y beneficiarse políticamente si sus equipos resultaban triunfadores en las contiendas mundialistas. Así tenemos el caso del dictador Benito Mussolini quien amenazó a la escuadra Azzurra (azul savoia) en caso de que no fueran los campeones mundiales en 1934 y 1938.

También se ha sospechado, sin pruebas, que el dictador Videla de Argentina maniobró a fin de que la Selección de Perú se dejara perder en el campeonato de 1978 en el país de la pampa y favorecer a la escuadra albiceleste. El fútbol ha desatado guerras como la acontecida entre El Salvador y Honduras, pues estaba en juego un lugar en el campeonato de México 1970.

El negocio del fútbol es inmenso, pues se trata de derechos de televisión, de marcas deportivas, de utilería y de representantes de jugadores. En instituciones de educación superior de todo el mundo sus representativos deportivos llevan con orgullo el color de esas casas de estudio, así como las mascotas.

También los departamentos de sociología realizan estudios acerca de ese movimiento de masas que apasiona y llega a desbordar la cordura. Hace unos cuantos meses vimos un espectáculo terrible y bochornoso entre aficionados de los equipos de Querétaro y del Atlas. Los aficionados o porras o hinchas llegan a transformarse en fanáticos y llegan a perder la sensatez en nombre de los colores de sus respectivos equipos.

México será sede del mundial de fútbol de 2026 junto con Canadá y los Estados Unidos. Será una copa de 48 representativos de naciones de todo el mundo. Acabo de leer que los estadios de Monterrey, Jalisco y el Azteca serán huéspedes de algunos partidos. Lo cual me da mucho gusto e intentaré asistir a algún encuentro.

Lo importante del caso, para fines de este artículo, es que la Federación Norteamericana de Fútbol tiene planeado que su equipo sea el campeón del mundial. Lo cual no sabemos si lo va a lograr, pero ese es su plan. Mientras que la visión de la Federación Mexicana es llegar al quinto partido. En otras palabras, la diferencia entre ambas naciones está en sus ambiciones y sus estrategias.

Los vecinos del norte no eran muy aficionados al fútbol hace cincuenta años. Hasta que en la década de los años ochenta se dieron cuenta de que las migraciones de latinoamericanos, italianos e irlandeses llenaban los estadios. Fue cuando vieron el negocio y empezaron a invertir en ese deporte.

Luego empezaron a acudir a los mundiales y posteriormente fueron sede del campeonato de 1994. Ahora esa nación se prepara para ser campeona dentro de cuatro años. Han desplegado escuelas de fútbol por todo su territorio y sus equipos ya no son vistos como débiles por sus rivales deportivos.

Aún más, los encuentros futbolísticos entre México y EUA ya son de pronóstico reservado y ellos han ganado en varias ocasiones. Ahora los americanos se preparan física y mentalmente para ser campeones del mundo. Con lo cual queda plasmada la diferencia de actitudes y ambiciones entre ambas naciones. Me duele que mi país, en lo general, tengamos tanto desorden, no sólo en lo deportivo, sino en la vida política. Me duele que muchas organizaciones mexicanas tengan ambiciones de corto plazo y peor aún, me duele que en mi país el gobierno está más atento en desmantelar instituciones que en fortalecerlas.

Pareciera que el gobierno actual está pensando en la próxima elección y no en la próxima generación. La analogía de ser campeones o llegar al quinto juego comparando fútbol y política no puede llegar muy lejos. Pero nos lleva a pensar acerca de la diferencia de proyectos, anhelos y realizaciones de la clase política que hoy nos gobierna.