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Ares dios de la guerra

Enrique Escobedo

Ares fue un dios venerado en la antigua Grecia. Gobernantes y pueblos helénicos lo respetaban y, a la vez, le temían. Fue una deidad emblemática que al paso del tiempo los romanos lo llamaron Marte. Más aun, prácticamente no había ciudad romana en la que no se asentara, a las afueras de la villa, un espacio de preparación militar y que llevaba el nombre de Campo Marte. De hecho, Paris y la ciudad de México aún conservan esos nombres en sus urbes.   

Con la llegada del monoteísmo Ares o Marte pasaron a un plano secundario, pero queda la fascinación de lo que representa esa figura, por eso no me sorprende que incluso en las tradiciones judío-cristianas e islámica se reconoce a la figura del Arcángel Miguel como a un guerrero celestial, con una espada y en permanente lucha contra las fuerzas del mal.

La guerra es mal vista por la mayoría de los seres humanos, pues representa la destrucción, la muerte, el ecocidio y la deshumanización. Yo soy uno de ellos. Sin embargo, y no la justifico, una paradoja de la guerra es que debido a ella se han realizado avances en los campos de la medicina, las comunicaciones, la tecnología y la ciencia. Incluso el reloj de pulsera se debió a las confrontaciones bélicas.

De hecho, hay guerras y héroes de guerra que las naciones honran. Así tenemos a Hidalgo, Allende y Morelos, por citar un ejemplo. En la práctica, es cierto que no soy un experto, pero me atrevo a afirmar que prácticamente no hay libro de texto de primaria en el mundo en el que no se hable de la guerra. Lo cual se debe a que hay guerras violentas de conquista, de liberación, civiles, religiosas, psicológicas, raciales e ideológicas por citar un ejemplo. Además de que utilizamos el eufemismo de guerra en confrontaciones no violentas; por ejemplo, las guerras comerciales y económicas. En otras palabras, las guerras son intrínsecas a la historia de las naciones.   

En pleno siglo XXI aún vivimos algunas tipologías de las guerras violentas arriba señaladas. Lo cual es una deshonra para la humanidad, pero no para muchos de los actores que las promueven en el nombre de su seguridad y de su economía. De ahí que la industria de las armas crece junto con los equipos de avituallamiento y del espionaje. Léase, la presencia de Ares y su sombra nos acecha.

Un dilema que es parte del fenómeno del flagelo de la guerra es quién debe conducirla. Pereciera obvio que la respuesta es: los militares. Pero desde que se lee “El arte de la guerra “de Sun Tzu queda claro que la respuesta varía según los enemigos, la política, las capacidades ofensivas y defensivas de los ejércitos y otras circunstancias. En otras palabras, como dijo Winston Churchill, “la guerra es algo tan serio que no podemos dejarla en manos de militares”. Léase, para él, la guerra es ante todo un asunto de políticos.

En la práctica, las guerras son un asunto político-militar y significa un equilibrio delicado y cotidiano entre sendas formaciones. De ahí que las decisiones y su consecuente implantación deben ser objeto de supervisión sistemática por las partes. Sobre todo, porque desde 1945 la humanidad ya sabe acerca de las consecuencias de utilizar las armas de destrucción masiva. 

Es cierto que las guerras bacteriológicas están prohibidas por la Organización de las Naciones Unidas. También para nuestra fortuna existen los protocolos y convenios de Ginebra respecto al trato a prisioneros, victimas y población civil en caso de conflictos bélicos.  Pero son letra muerta dada la actual y cruda realidad.

La humanidad está en una encrucijada de violencia y ni políticos, ni militares parecen estar a la altura de las circunstancias. Vivimos momentos históricos difíciles. Mi optimismo de que la cordura reine. De verdad deseo que los conductores de la guerra, sobre todo los políticos, encuentren la solución pacifica a las actuales controversias mundiales.