Ivette Estrada

Si te miraras al espejo ¿reconocerías que existe detrás de tu mirada, que vivencias marcaron los surcos en tu piel, cuáles creencias denota tu frente, qué cargas invisibles sostienen tus hombros?

Aunque la sabiduría se compone de una educación formal y pragmática, el otro 50% procede del conocimiento de nosotros mismos. Y éste último pocos lo tienen. La existencia superficial de nuestra vida actual, el propio terror a enfrentar situaciones que no nos gustan, el eterno hedonismo, la multiplicidad de tareas triviales y la imposición del concepto de éxito que impulsan los medios de comunicación, apagan cada vez más nuestra propia voz interior.

Así deambulamos sin sentido ni guía, perseguimos los sueños de otros, adormecemos la incertidumbre y dolor, pero también la propia pasión. Olvidamos nuestra esencia y nos dejamos llevar por una vida de placeres insustanciales, de falacia y apariencias. No de rencuentro con lo que realmente somos, no con la certidumbre y valor de nuestras raíces, creencias e historia. No con la autenticidad de quien sabe quién es, qué quiere y para qué está aquí…

Quien no se conoce escribe una historia diferente a la suya. Rehúye de sus temores, se hace sordo a su propia voz, asimila sin gran convicción que todo perece y la vida se compone de instantes, hace triunfar al placer instantáneo sobre los valores y el sentido de lealtad.

Quien no sabe quién es, tranquilamente cree que el proverbio de “muera el rey, viva el rey”, es el dogma a seguir para no enfrentar rechazos o dudas, quien desconoce su esencia se convierte en veleta, en mitómano, en un engaño. Se pisotea a sí mismo y por ende carece de respeto hacia los demás.

Pero, ¿qué es conocerse? Es aceptarse como un ser único, como un ser que responde a una misión que nadie más que él mismo puede hacer en esta vida, conoce sus limitaciones, sabe de sus sombras, miedos y defectos, pero también ha probado ser todo lo que ama y admira en otros.

Conocerse a sí mismo es cavilar sobre situaciones cruciales, sobre las decisiones que toma, es ahondar en la racionalidad y emoción de sus filias y fobias, pero también es tener la grandeza de perdonarse.

¿Quién eres? No eres un hombre o mujer, no la profesión que ejerces ni los estudios que tienes, no eres una edad o nacionalidad, no eres el rol que juegas. Eres un ser único lleno de convicciones, destellos, dones y habilidades. Un ser único que vino a esta Tierra, a esta vida a dar algo único a los otros. ¿Para qué vives, cuál es el Contrato Sagrado que tienes?

La respuesta no es inmediata, pero si cada día logras vislumbrar más sobre ella, pronto encontrarás que cada acto que realizas, por más trivial que parezca, pasa de la nebulosa del inconsciente a la conciencia. Hallarás entonces que nada en ti es fortuito. Todo es parte de un plan sagrado en el que tú escribes tu propia historia.

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