Rafael H. Rivera Puebla
Las comunicaciones en caso de emergencia, siniestro o desastre, siempre han representado un punto a resolver, sin importar la magnitud o entorno.
En la Ciudad de México, durante la emergencia de los sismos de 1985, se tuvo la participación activa de radioaficionados que hicieron funcionar sus estaciones transmisoras y cursaron mensajes de bienestar y de solicitud de ayuda, una de las estaciones más activas fue la del laboratorio de electrónica del IPN, así como de una gran cantidad de “oncemetristas” que operaron día y noche.
Cuando se dio el paso del huracán Gilberto, los radioaficionados volvieron a salir, en esta ocasión desde Cancún con la estación de Pedro Lete, auxiliado por taxistas oncemetristas que apoyaron para hacer llegar de y hacia el municipio de Benito Juárez y en el norte del país, operaron las Redes de Emergencias de la ARARM (Asociación de Radioaficionados de la República Mexicana) y de la FMRE (Federación Mexicana de Radio Experimentadores).
En cada caso, así como en la emergencia derivada del Huracán Paulina y otros, se tenía un plan de manejo de comunicaciones y convenios de colaboración entre las autoridades de los tres órdenes de gobierno con los clubes locales y nacionales de radioaficionados, dando como consecuencia un sistema redundante de comunicaciones y de alertamiento a las zonas que lo requiriesen.
En días pasados, experimentamos la caída de uno de los sistemas de mensajería instantánea, bajo el cual se ha dejado una gran parte del peso de las comunicaciones, confiando en que su tecnología difícilmente podría fallar.
De esta manera, el plantear sistemas redundantes de comunicación, fortalecería el Sistema, superando caídas de comunicación como en 2017.












