Para nuestra muy mala fortuna, un sector bien reconocido de los políticos sigue repitiendo que no son como los de antes. Conforme pasa el tiempo (y aunque ellos digan tener otros datos) las malas prácticas de gobierno se mantienen iguales y los parecidos entre una y otra estirpe rebasan las meras similitudes: muchos son, en efecto, los mismos.
Si bien en términos reales se está lejos de una dictadura (con todo y que nuestro Primer Mandatario viva en un palacio), la democracia, la cual se construye a partir de las diferencias y el disenso con un fin común, se ve en peligro por ciertos caprichos que pretenden ser pasados como ejercicios democráticos. Baste señalar, por ejemplo, la constante ofensiva del aparato de Estado y sus allegados contra el Instituto Nacional Electoral, el máximo órgano ciudadano que existe para ser un contrapeso al poder de los partidos políticos.
Después de décadas de lucha para crear y fortalecer un instituto autónomo como el INE, se llegó a ver lo inimaginable: muchos de los involucrados en el proceso de consolidación de ese órgano garante de la democracia, hoy claman por su desaparición. Deseo que el intento sólo quede en palabras, pero el extremo de estos teatros ideológicos resulta peligroso por las múltiples divisiones que generan en la población. En fin, que a conciencia se busca la escisión y el continuo enfrentamiento social que escala hasta sitios no deseados: ahí está la voluntad de declarar y perseguir traidores a la patria por el solo hecho de ejercer, mediante el voto, el derecho a disentir.
Si —por más que exploro en la imaginación—, no logro encontrar ningún escenario en el que el país necesite o se beneficie de estar dividido, menos ahora que el planeta entero está en dificultades por donde se le mire: la pandemia por COVID ha bajado su ritmo, pero no ha desaparecido; el conflicto entre Rusia y Ucrania lleva dos meses y los efectos de la invasión ya se ven reflejados por aquí y por allá en la economía mundial, pero principalmente en la crisis humanitaria que se ha visto agravada: cinco millones de desplazados sólo en esa región. La enumeración podría seguir y seguir…
Hace cincuenta años un grupo de música mexicano denunciaba el abuso de autoridad en una nación donde ya nadie quería decir la verdad por miedo a las represalias. ¿A qué volver a fomentar la división y el temor (que ya sobra en el mundo) en lugar de buscar la concordia? No regresemos a esas viejas épocas, donde, como sugería Alex Lora, el único que podía tocar rock libremente era el hijo del presidente.












