Por Rubén D. Arvizu*
Existe la creencia contemporánea de que la inteligencia artificial llegará un día para revelarnos la verdad absoluta sobre el mundo. Sin embargo, la trayectoria histórica de la humanidad apunta exactamente a lo contrario: no descifraremos la realidad, sino que habitaremos un entorno infinitamente más complejo y problemático, donde comprender nuestro propio lugar en la Tierra será cada vez más difícil.
Este fenómeno no es nuevo. Si observamos el recorrido de la civilización desde la Edad de Piedra hasta nuestros días, el contraste es abrumador. Hoy acumulamos conocimientos sobre física, biología y tecnología que nuestros antepasados más remotos ni siquiera habrían podido imaginar. No obstante, este triunfo del saber colectivo ha venido acompañado de una dolorosa paradoja: entendemos nuestras propias vidas no tan bien como ellos.
Pensemos por un momento en un cazador de hace 50.000 años. Es cierto que ignoraba los mecanismos biológicos del envejecimiento, las causas microscópicas de las enfermedades o los patrones científicos que regían las migraciones de los animales que cazaba. Pero su existencia inmediata era muy simple. Comprendía el entorno del que dependía, su relación con la naturaleza era directa y su supervivencia dependía de habilidades que su mente y su comunidad entendían por completo.
¿Cuántos entendemos realmente el funcionamiento de todas esas monstruosas instituciones que son las que deciden nuestros empleos, salarios, sistemas de salud y, lo peor aún, nuestro futuro? Una simple minoría que está en el pináculo del poder. Hemos cambiado la sencillez de la supervivencia por la servidumbre a sistemas que superan la capacidad de comprensión de cualquier individuo.
Para darle más sabor al caldo, esa minoría elitista nos presenta y promueve la Inteligencia Artificial (IA) como la solución perfecta para cualquier cosa: respuestas instantáneas, creatividad, datos precisos con solo apretar un botón. Pero el pago será extremo: la mayoría quedaremos reducidos a aceptarlo todo, convirtiéndonos en simples espectadores y, más que nada, en sujetos obligados a consumir lo que nos indiquen y sugieran.
El gran reto en los años venideros será darnos cuenta de que, de seguir así, estaremos totalmente perdidos en este enorme laberinto cada vez más indescifrable.
*Rubén D. Arvizu- Escritor y ambientalista.















