No me pregunten quién soy,
ni me pidan que siga siendo el mismo
Michel Foucault
Arturo Suárez Ramírez / @arturosuarez
La curiosidad de la especie humana ha llevado a descubrimientos y luego a grandes inventos que terminan cambiando la vida. Ahí están la rueda, el fuego, el vapor, la electricidad y el internet; eso modificó la vida social, económica y política. Quien domina esos elementos se vuelve preponderante en las sociedades, tanto primitivas como modernas, de alguna manera, un grillete que aprisiona.
El teléfono celular es uno de esos inventos. Hoy no se entiende la cotidianidad de las ciudades sin él. Primero nos permitió dejar atrás los cables, hablar desde cualquier lugar con los otros y, al terminar, guardarlo en el bolsillo. Luego, tener acceso a una mini computadora con internet y, desde cualquier café, despachar como si fuera nuestra oficina. Después vino socializar desde las redes y también, voluntaria o involuntariamente, convertirnos en productores permanentes de información que las grandes empresas se frotan las manos por tener.
El magnate de la tecnología, Elon Musk, aparece en el horizonte tecnológico para plantear que los celulares podrían desaparecer en unos cinco años. ¿Se imagina tener un artefacto distinto? ¿Evolucionar a otra clase de dispositivos? Uno sin planes forzosos o recargas para tener datos y, a su vez, internet. Que no nos vendan los accesorios como los cargadores, porque se carga con energía solar. Pues no estamos muy lejos.
El tema no es menor, viniendo de un personaje que es uno de los más poderosos del mundo por la tecnología que maneja, por la carrera espacial, el desarrollo de vehículos y las redes sociales. Por eso el tema merece una reflexión, porque si algún día Musk decide entrar al negocio de la telefonía, estaríamos ante otra pieza de poder.
Para pensar un poco, vale la pena regresar a los textos de Michel Foucault, particularmente a Vigilar y castigar, de 1975, un texto vigente para explicarnos lo que sucede. Foucault estudió cómo la vigilancia dejó de depender exclusivamente de la fuerza y comenzó a funcionar mediante mecanismos más sutiles: observar, registrar, clasificar, comparar y normalizar. Todos nos vigilamos y, si no, dígame de qué están llenas las redes sociales. Y además nos hemos puesto el grillete.
El panóptico de Jeremy Bentham, que Foucault utiliza como una de sus grandes referencias, tenía una característica fundamental: el vigilado nunca sabía con certeza cuándo estaba siendo observado. Por eso terminaba comportándose como si siempre lo estuvieran mirando. Ahí están los celulares, escuchando, viendo, como ojillos atentos en todo momento. Le sumamos a las inteligencias artificiales y las nuevas tecnologías como las prometidas por Musk.
Imaginemos un dispositivo conectado de manera permanente con satélites, inteligencia artificial, vehículos, redes sociales y otros servicios tecnológicos. Ya no sería solamente una herramienta de comunicación. Sería una especie de puerta de entrada a nuestra vida completa.
Durante años pensamos que la tecnología nos daba libertad porque nos permitía estar conectados desde cualquier lugar. Pero también nos hizo permanentemente localizables. La diferencia parece pequeña, pero no lo es.
Antes había que buscar a una persona. Ahora podemos saber dónde está. Antes había que preguntarle qué pensaba. Ahora podemos intentar inferirlo a partir de lo que busca, compra, publica o mira. Antes había que observar una conducta. Ahora existen algoritmos capaces de anticiparla.
El problema ya no es solamente quién nos está mirando, sino quién tiene la capacidad de reunir toda esa información y convertirla en conocimiento sobre nosotros.
Foucault hablaba de una sociedad en la que la vigilancia podía convertirse en un mecanismo cotidiano. La paradoja es que ya no necesitamos que alguien nos obligue a entrar al panóptico. Nosotros compramos el boleto. Lo cargamos. Lo actualizamos. Le damos permisos. Y después nos sorprendemos porque sabe demasiado de nosotros.
Porque quien controla los datos conoce una parte importante de la sociedad. Y quien conoce a la sociedad puede influir en ella. Antes, el grillete servía para impedir que alguien escapara. Ahora nosotros mismos lo compramos, lo cargamos todas las noches y hasta nos preocupamos cuando lo olvidamos… Pero mejor ahí la dejamos.
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Hasta la próxima.












