Enrique Escobedo

Para cuando se publique este artículo, ya muchos colegas habrán escrito acerca del cambio de titulares en la secretaría de Relaciones Exteriores (SRE) y la sucesión presidencial. No obstante escribo al respecto porque fue un cambio esperado debido a la grisura y opacidad con la que el médico Juan Ramón de la Fuente condujo la política exterior mexicana. En lo personal desde el inicio de la gestión Sheinbaum me llamó la atención ese nombramiento, pues me pareció que el exrector se desperdiciaba en ese cargo. Lo recuerdo como un rector capaz, serio y con cualidades tales como saber cómo y cuándo conducir una institución con mano suave y, en su caso, con mano firme. Pensé que en la secretaría de Gobernación encajaba, lo mismo en la de Educación Pública o en la de Ciencia, Humanidades, Tecnología e Innovación. Pero la decisión fue Tlatelolco por su experiencia y manejo en la Organización de las Naciones Unidas.

La cancillería, a partir de la administración Salinas, fue perdiendo vitalidad, pues a los ojos del entonces presidente, lo importante era la economía y la consecuente subordinación de la política exterior a la comercial. De ahí que cuando se negoció el Tratado de Libre Comercio (TLCAN), el jefe de la misión mexicana, en la práctica, fue Jaime Serra Puche, secretario de Comercio y Fomento Industrial (hoy secretaría de Economía).

Ningún presidente, desde entonces, le regresó a Relaciones Exteriores el liderazgo en la conducción de la política mexicana en el orden internacional. De hecho, la desconfianza que López Obrador le tenía y tiene a Marcelo Ebrard hizo que acatara la incongruencia de que “la mejor política exterior es la política interior”. Es decir que no brillaran ni el canciller, ni la Institución.

Marcelo Ebrard supo y pudo aprovechar la llegada de Donald Trump a la presidencia de los Estados Unidos y logró algunos acuerdos conciliatorios. Cabe destacar que un colaborador cercano al entonces canciller era su Director General de Comunicación Social, Roberto Velasco Álvarez, quien fue posteriormente durante la gestión Sheinbaum, subsecretario para América del Norte y ahora flamante titular de la cancillería. Que quede claro cuanto antes, no le resto méritos al nuevo canciller. Simplemente hago notar que fue un hombre muy cercano a Marcelo Ebrard el sexenio pasado.

Ahora queda claro, el liderazgo de la política exterior lo seguirá llevando el titular de la secretaría de Economía y el canciller, por viejas cuestiones de colaboración con Ebrard Casaubón, atenderá las recomendaciones de su exjefe. Consecuentemente la carera presidencial sigue su inexorable destino y la delantera la lleva, a mi parecer Marcelo Ebrard.

Por supuesto que el viejo refrán “del plato a la boca se cae la sopa” sigue vigente. Pero ni Gobernación, ni Hacienda, ni Bienestar brillan. El segundo lugar, a mi parecer, es el titular de seguridad, Omar García Harfuch. Un hombre de muchos méritos, pero rezagado en la carrera sucesoria.

El cambio en el gabinete es significativo, pues Juan Ramón de la Fuente es visto como un personaje cercano al tabasqueño y con su salida la señora Sheinbaum pone a alguien de su cuadra. Aunque, insisto, muy afín a Ebrard. Ya hubo un cambio en marzo del año pasado en la SHCP y llegó el economista Edgar Amador Zamora, quien tampoco es gente de AMLO. Eso no significa que linealmente habrá cambios en la secretaría de Gobernación, pero a mi parecer sería lo prudente, pues el tiempo avanza y la caballada está muy flaca.

Un cambio en el gabinete en la Administración pública mexicana es sinónimo de sucesión presidencial; independientemente de los aspectos de eficacia eficiencia y lealtad. Por eso habrá que observar los desempeños y resultados que la dupla Cancillería-Economía. También ya es hora de observar con mayor detenimiento la alianza entre Seguridad Ciudadana, Defensa y Marina. No olvidemos que son varios los secretarios de Estado que tienen su corazoncito.