Por Ruben D. Arvizu*
El cierre repentino de Sora de su OpenAI, apenas unos meses después de su lanzamiento con bombos y platillos, nos recuerda una verdad antigua e incómoda: por más sofisticada que sea nuestra tecnología, el ser humano sigue siendo el mismo.
Los que hablan de “superinteligencia”, de “transformar la economía” y de “cambiar el mundo” terminan tomando decisiones apresuradas, poco transparentes y, en muchos casos, fallidas. Igual que cualquier mortal. Como el vendedor de dulces de la esquina que promete lo mejor y las golosinas ya no sirven.
Sam Altman y OpenAI prometieron una revolución con Sora. Disney firmó acuerdos. Y ahora, sin explicaciones claras, cierran el proyecto. ¿Las razones? Costos insostenibles, limitaciones técnicas, problemas regulatorios o simplemente que la realidad fue muy diferente a las expectativas. Da igual. El resultado es el mismo: otra promesa rota.
El homo sapiens sigue cometiendo los mismos errores de siempre:
Ambición sin límites, orgullo desmedido, incapacidad para reconocer sus propios límites y la tendencia a creer que “esta vez será diferente”
Solo que ahora lo hace con servidores, billones de dólares y algoritmos que consumen cantidades inimaginables de energía. Mientras unos juegan a ser dioses en Silicon Valley, la Tierra sigue sufriendo las consecuencias reales: océanos amenazados, ecosistemas colapsando, armas nucleares que siguen existiendo y un clima cada vez más impredecible.
Tal vez la verdadera inteligencia no esté en crear modelos cada vez más grandes y rápidos, sino en aprender la humildad que Carl Sagan nos enseñó hace décadas –Somos una mota de polvo suspendida en un rayo de sol. Frágiles, con limitaciones e imperfectos.
Ruben D. Arvizu – Escritor y ambientalista.
















